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Reflexión de Sergio Ríos, maestro cuidador del Parque, sobre el valor de la diversidad

Sobre la diversidad

A veces mientras camino, o en transporte publico me detengo a mirar las caras de las personas, la diversidad de rostros comunes fuera de todo canon de belleza, pero alcanzo a vislumbrar una belleza oculta. Un gesto, una historia muda, una vida, un destello de algo más…

El resplandor de lo humano es mucho más hermoso, más vasto y potente que cualquier fenómeno natural. El arcoíris humano tiene muchos más colores y mucho más fulgor que el arcoíris celeste.  Es una cálida sensación de futuro abierto que no termina en el sinsentido cosificador de la muerte. Esta forma de mirarnos pone a la diversidad humana como valor central y nos permite mirarnos entre nosotros con una nueva piedad y tolerancia, habilitadora de un mejor trato, con una renovada fe en el espíritu humano, abiertos a un futuro siempre posibilitario.

La diversidad es lo mejor de los humanos, el desarrollo de esa diversidad hace posible la libertad, la alternativa de elegir entre diferentes posibilidades. La libertad no se ejerce en soledad, sino en el encuentro de diferencias que nos potencian mutuamente. La vida no es uniforme, la belleza está en la multiplicidad. El sentido se construye en el diálogo entre lo distinto. Sabemos que la libertad no es absoluta, pero es creciente, cuando ampliamos las posibilidades de respuesta y de mirada. La libertad y la diversidad solo se ejercen plenamente cuando cuerpo y alma se reconocen como una unidad viva.

Pero estamos ciegos, no somos capaces de ver nuestra propia belleza. No estamos entrenados para vernos en toda nuestra diversidad posible. La ceguera aprendida no nos permite vernos completos, aceptando una versión reducida de lo humano. Los sistemas de poder desde hace muchísimo tiempo disciplinan el cuerpo, domestican la disidencia y reducen la libertad. Buscan uniformar, mutilar o invisibilizar esa riqueza. Negar partes de nuestra identidad y potencial. Somos mucho más de lo que nos dicen que somos. Han cambiado muchísimo los sistemas de poder, pero no su afán de mutilar el arcoíris humano. Esta fractura es una herida cultural que nos impide vivir la unidad de lo humano, nos fragmenta y nos hace controlables.

Esta mutilación sacrifica a los conjuntos oprimidos, las diversidades segregadas y reprimidas por un sistema que ha impedido que se expresen plenamente. Existe un monstruoso esfuerzo por establecer diferencias y justificarlas por leyes genéticas o de mercado, sin que intervenga la intención humana. En todo esto opera la distorsión, la falsedad y la mala fe. Éste es un problema de apreciación global sobre el significado del ser humano concreto. Pero al desconocer las necesidades humanas, quienes controlan son sorprendidos por el desaliento social, el desborde violento y, en general, por la fuga cotidiana a través de todo tipo de drogas, neurosis y suicidio. La mutilación más grave que continúa impidiendo poder vernos en toda nuestra plenitud humana es la exclusión sistemática que los pobres han sufrido y siguen sufriendo en el mundo. Se nos representa a la pobreza como fatalidad del destino. No como resultado de un sistema organizado contra la mayoría de la gente, que convierte nuestro mundo en infierno para muchos de sus habitantes. Necesitamos recuperar esas luces perdidas para que nos ayuden a caminar. Para que nos abran a un mundo diferente, para que seamos capaces de imaginar en conjunto el futuro. En lugar de aceptar la triste realidad que proponen los formadores de opinión. Para que no sigamos condenados a repetir esa historia.

“Lo real” de lo cotidiano está mediado por narrativas dominantes que nos dicen qué es importante y qué no. Pero debajo de esa superficie, hay otras capas. Memorias, voces silenciadas, experiencias invisibles, que constituyen la verdadera riqueza de lo humano. Múltiples realidades coexistiendo, algunas ocultas, otras negadas, otras apenas intuidas. En lo cotidiano habitan las memorias de los pueblos, las lenguas diversas, los gestos cotidianos de dignidad, las búsquedas espirituales y las rebeldías que abren camino. Cada color es indispensable, cada tono aporta a la sinfonía de lo humano. Abrir los ojos para descubrir esas realidades subyacentes es un acto de rebeldía, porque nos permite ver más allá de lo que el sistema dominante quiere mostrar. La realidad no es un bloque único, sino un tejido de múltiples planos. “El arcoíris humano no es ilusión, es la trama real que podemos aprender a ver”.

Los acontecimientos nos invitan a revisar lo que hemos creído, a mirar la historia desde otra óptica y a lanzar nuestros proyectos hacia una nueva imagen de futuro. Entonces, un nuevo Humanismo se abrirá paso en este laberinto de la Historia, donde el ser humano creyó anularse.

 

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